Harry Potter

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miércoles, 14 de septiembre de 2011

Harry Potter Y El Sextante de Plata Capitulo 10

Capítulo 10
El Prisionero de Azkaban
 Por Tomas Marvolo 
Atónitos, Ron y Hermione vieron cómo Harry desaparecía con una expresión de furia. Ginny aún no despertaba, pero en San Mungo les habían dicho que tal vez en la semana en curso pudiera al fin volver en sí.
El hechizo que el falso Oliver Wood le lanzara era muy fuerte, y había causado daños en el sistema de Ginny que tardarían en repararse. Al menos tres órganos debían regenerarse espontáneamente, sin hablar de que aún quedaba un pequeñito vestigio de la marca que tanto había aterrorizado a Harry.
Circe conversaba animadamente con los chicos y Ron decidió encargar a Hermione del cuidado de la casa, para ir a la suya, donde estaban Hugo, Rose, Fred y Roxanne bajo la tutela de Angelina.
El Jefe del Departamento de Aurores se hallaba caminando por Hogsmeade en dirección al Cabeza de Puerco. Blandía su varita, listo para atacar. Un par de personas se le acercaron a pedirle autógrafos, turistas sin dudas; pero Harry ni siquiera los miró. Siguió caminando.
Llegó hasta donde estaba Aberforth, quien lo saludó alegremente, como de costumbre.
—Hola, chico. Espero que esta vez si me vengas a hacer una visita formal.
—Hoy no, Aberforth. ¿Alguien ha salido por aquí?
Aberforth negó.
—No me parece. Ariana no deja que entren y salgan extraños.
—Iré a Hogwarts — dijo Harry y agitó su varita. Salió un ciervo plateado y le susurró:
—Directora, me dirijo hacia Hogwarts. Localice al alumno Edgar Dolohov, es urgente.
El ciervo asintió y salió hecho una bola luminosa que atravesó las paredes.
— ¿Puedo ayudarte?— inquirió Aberforth.
—No es necesario. Nos vemos.
El cuadro de Ariana se apartó, y Harry observó sus ojos inocentes que lo miraban. ¿Si Ariana hubiera vivido, la historia sería diferente? ¿Si Dumbledore estuviera aquí, le habría aconsejado hacer algo distinto?
Caminó por el túnel oscuro, iluminado únicamente por el destello en su varita. Harry iba apresurado, camino a ajusticiar al causante de las desgracias en los últimos días.
Por fin salió ala Salade los Menesteres.  Estaba completamente vacía. No todos los chicos eran como sus hijos y se escapaban de las Clases de Defensa Contra las Artes Oscuras de Ernie McMillan para ir a jugar allí. Por suerte Ernie solo tomaba en cuenta las evaluaciones de sus alumnos en la práctica, no le importaba cómo aprendían.
 Salió por fin al pasillo y se dirigió al segundo piso, a la oficina del Director. Por el camino varios cuadros lo saludaron y hasta sintió la risa nerviosa de Peeves, molestando a algún chiquillo.
— Señor Potter, pero que gusto…
Harry se volteó. Era Nick Casi-Decapitado.
— Hola Sir Nicholas, ¿como está?
La presencia del Fantasma de Gryffindor lo tranquilizaba un poco.
— Muy bien. Hogwarts no es tan divertida desde que usted nos abandonó. Ya sabe, todo está un poco…muerto. Le diré a Myrtle que lo he visto. Esa niña y yo nos hemos convertido en grandes amigos.
—Sir Nicholas — pidió Harry —le ruego que no comente con nadie acerca de mi presencia. Al menos no por ahora.
Nick guardó silencio como si hubiera cometido una falta muy grave y, tras saludar con su cabeza desprendida, atravesó una pared y se retiró.
Un chico pasó cerca de Harry y lo saludó. Él no lo conocía pero igualmente contestó su seña. Llegó por fin hasta la oficina de Minerva Mc Gonagall y se halló frente ala Gárgolaprotectora.
«No puede ser» pensó Harry.
—Empanadas de limón —la Gárgolani se movió. Probó con un montón de dulces incluidos unos nuevos que Sortilegios Weasley aún no sacaba a la venta, y nada. Finalmente la estatua se apartó sola. Mc Gonagall apareció detrás de ella.
— Harry, qué bueno que has llegado.
— Hola, profesora.
Mc Gonagall sonrió:
—Después de todo este tiempo aún me llama «profesora»
— Es la costumbre, p…Minerva.
— Recibí su mensaje, pero me temo que no podré hacer nada por usted. Dolohov se marchó en la madrugada.
— ¿Cómo que se marchó? — dijo Harry intentando controlar la ira que se iba apoderando de él. Cada vez era más difícil dar con el muchacho.
—Lo siento mucho. No quería que nadie supiera lo del Sextante, con lo del Quidditch fue suficiente.
»Por esa razón, Flitwick le dio permiso de marcharse, ya que la señora Dolohov vino a buscarlo urgentemente. Algo le ha sucedido a su padre en Azkaban.
— ¡No puede ser! Ese chico es culpable de todo lo sucedido.
— Longbottom solo me alertó de sus movimientos, que no lo dejara salir. Nadie me había informado de que él era el culpable…
— Lo hemos confirmado recientemente.
— Harry, Neville también me dijo lo de la tienda de George y debo decirle algo: estoy casi segura de que Dolohov no estaba allí.
— Casi, profesora, casi. ¿Dónde estaba entonces?
— Me dijo un compañero suyo que había estado por los terrenos de Hogwarts, paseando.
— ¡Esa no es una ubicación concreta! ¿Conoce a Circe?
Mc Gonagall asintió.
— Ella fue novia suya.
— Lo sé — Harry la miró extrañado yla Directoraprosiguió — Sí, Harry. Los profesores siempre sabemos en qué andan los alumnos. O al menos nos hacemos una idea.
» Como te decía: Circe y Edgar se hicieron novios, y quedé sorprendida. Ellos son tan distintos que ni en un millón de años imaginé que algo así podría suceder. Ella es inteligente, limpia, correcta… Edgar, por su parte, no es mal muchacho; pero su comportamiento deja mucho que desear. Un tanto parecido a Draco Malfoy, no sé si lo recuerda.
— Todo apunta hacia él.
— No lo sé. No tiene el nivel suficiente para hacer hechizos tan complicados.
— Iré a Azkaban.
— Buena suerte con eso, señor Potter.
Harry salió corriendo; pero esta vez no fue ala Salade los Menesteres. Se dirigió hacia los terrenos de la escuela para tomar un thestral que lo alejara de allí.
Después de las reparaciones, el castillo había perdido aquel toque antiguo que lo hacía lucir oscuro e impenetrable. Ahora parecía una fortaleza, pero el musgo y los tonos grises de sus paredes no eran lo mismo. Harry sentía una corriente de afecto hacia la escuela, pero sabía que no pertenecía a allí, que su lugar no era enla SalaComúno en las Mazmorras; ni siquiera en el campo de Quidditch. Había crecido.
La geografía estaba un poco cambiada. La cabaña de Hagrid no estaba en el mismo sitio, sino un poco más a la derecha, y lo peor: Hagrid ya no vivía en ella, sino con Madame Maxime cerca de una colonia de gigantes. El nuevo guardabosques, no era otro que el esposo de Luna Lovegood, aunque Hagrid si mantenía su puesto de Profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas.
Harry se adentró en el Bosque. El mismo Bosque que años atrás fuera testigo de la maldición asesina que Voldemort le lanzara; el mismo Bosque que albergara a la majestuosa Aragog, Grawp y los centauros. El mismo Bosque que, ahora mismo, le regalaba un thestral.
Lo miró, con el corazón acelerado, recordando cuántas veces aquellos thestral los habían ayudado, y cómo le habían conducido hasta el Ministerio la fatídica noche en que murió Sirius.
El thestral se acercó. Era tal y como Harry los recordaba: una especie de caballo huesudo, con alas de murciélago. Lo acarició y montó en su lomo rígido, pero seguro. El animal agitó sus enormes alas parecidas a las de un murciélago y salió en dirección al cielo claro. Se metió entre las nubes y Harry sintió una especie de conexión entre ambos.
— A Azkaban, amigo mío— dijo Harry. Los hechizos protectores alrededor de la prisión mágica eran tan poderosos que nadie podía aparecerse en varios kilómetros a la redonda. El lugar más cercano era una islita en medio del mar desde la que solo se podía llegar por agua o aire.
Harry atravesó la primera barrera, que tenía el mismo efecto de la caída del ladrón, en Gringotts. Cualquier hechizo protector de identidad se disipaba, cualquier objeto oscuro se quedaba del otro lado de la barrera, no pasaba.
Harry sintió la calidez del hechizo atravesando su cuerpo. En la lejanía vio la torre gigantesca de Azkaban, con su forma triangular, elevándose hasta las nubes. Los Dementores seguían de guardias, pero Kingsley había hallado la manera de controlarlos más que en épocas pasadas.
Los que estaban a cargo de la seguridad en Azkaban eran un par de Aurores especialmente entrenados por Harry y Kingsley. Eran más jóvenes que ambos, pero de un poder extraordinario. Cuando vieron desde su oficina en lo más alto de la prisión acercarse un thestral, desenfundaron cada uno sus varitas.
Cuando Harry aterrizó, le apuntaron, y un par de luces salieron como balas hacia el recién llegado. Nada sucedió.
— Potter— dijo el más joven e hizo una reverencia. Era rubio y muy parecido a Draco, aunque no tenía nada que ver con la familia Malfoy.
— Dan— dijo Harry — Rupert — se dirigió al otro, que era pelirrojo— vengo a encontrar a unos visitantes.
— Solo hemos recibido una visita hoy — dijo Rupert — Era la familia de Dolohov, el ex mortífago.
— ¿Ya se han ido?
— No— respondió Dan — Se encuentran en el Salón de Visitas, vigilados por Emma, la nueva aprendiz.
— ¿Ellos tienen sus varitas?
Rupert negó, e indicó a Harry que como parte del protocolo se las habían retirado. Luego lo condujeron hasta el baúl donde se almacenaban los objetos de la visitas y allí había un par de varitas. Los visitantes no eran muy seguidos en Azkaban: primero, por lo difícil de su acceso, y segundo, por las restricciones de seguridad que permitían visitas únicamente en casos de urgencia y una vez al mes.
El baúl se hallaba en la oficina de Dan, que era el jefe, un recinto cuadrado con olor a humedad que tenía una hermosa vista al mar. Los presos no poseían vistas como esa. Encima de su mesa había una especie de bola mágica de cristal en la que podía observar a cada uno de los retenidos en sus celdas y ver qué hacían en ese momento.
Harry tomó ambas y preguntó cuál era de Edgar, el muchacho. Señalaron una que parecía de endrino y dejó la otra en su lugar.
La varita flotó y Harry agitó la suya. El pedazo de endrino comenzó a destellar y salieron chispas de distintos colores. Luego varios haces de luz salieron en dirección al techo y permanecieron allí titilantes.
Harry enumeró: Wingardium Leviosa,  Accio, Protego, Protego, Protego, Protego, Accio…Este muchacho había intentado protegerse muchísimo últimamente, justo como si hubiera estado en una batalla… ¡O en la tienda! El hechizo de rastreo lo había revelado, Edgar Dolohov había peleado en los últimos días.
— ¿Cómo llego al salón de visitas?
— Baja las escaleras y ve tres veces a la izquierda — indicó Rupert.
— Harry — habló Dan cuando se retiraba — Te llevas la varita de Edgar Dolohov.
— La necesitaré — dijo Harry y salió de la habitación.
Harry corrió escaleras abajo y siguió las indicaciones de los Jefes de Seguridad dela Prisión. Llegóal fin al Salón de Visitas, donde vio a Edgar sosteniendo a su padre, Antonin Dolohov, demacrado, destruido, tanto o más que Sirius al salir de aquel lugar. Su madre estaba ahogada en llanto, y el muchacho estaba pálido.
Ante la presencia de Harry el ex mortífago levantó la cabeza y lo miró con sus ojos rojos, hinchados, secundados por unas ojeras hundidas en su carne mortecina.
— De todas las visitas, tú eras la menos esperada — atinó a decir. Harry reprimió el odio y el desprecio que le causaba aquel hombre. Solo de recordar cuántas cosas había hecho bajo la protección de Lord  Voldemort, de que él había sido el asesino de Remus, sentía ganas de matarlo. Sin embargo, verlo cómo estaba ahora, le dio una satisfacción que pensó jamás sentiría con la desgracia de otros.
— No vengo a verte a ti, sino a tu hijo.
Edgar lo miró con furia. Dejó libre a su padre y se le acercó. Harry le susurró:
— En diez minutos vendrás y me contarás toda la verdad. Me dirás por qué quieres acabar con mi familia y la gente que quiero. ¿Entendiste? Si no estás dispuesto te daré la oportunidad de luchar. Te espero.
Harry tendió la varita de Edgar Dolohov a su dueño. El muchacho lucía atónito con las palabras de aquel hombre ante él que lo amenazaba. Regresó junto a su padre, tras lanzar una mirada de odio.
Harry sentía que había cometido un error fatal. Se había nublado su juicio impulsado por la venganza, así que, cuando regresó al Salón de Visitas, no era Edgar Dolohov quien sostenía la varita, sino su padre.
— Alto, señor Dolohov — dijo Emma, que había permanecido en silencio en la esquina de la sala. La esposa del antiguo mortífago estaba en pie, mirando aterrorizada la escena. Harry levantó su varita y le apuntó. Él mismo lo había capturado años atrás, cuando por fin Dolohov reveló su paradero. Tras perder en duelo contra Flitwick en la batalla de Hogwarts había escapado, sin dejar rastro. Luego de mucho tiempo, se había entregado voluntariamente, por la presión de su esposa. No le gustaba vivir escondiéndose de todos, y cuando llegara la edad escolar de su hijo Edgar ¿cómo iban a enviarlo a Hogwarts sin levantar sospechas, sin que el resto de la gente se hiciera preguntas?
— Ya estoy pagando — dijo Antonin — ¿qué haces aquí? ¿No me dejarás siquiera descansar en mi sufrimiento?
»Pensé que eras más que esto, Harry Potter, San Potter, el generoso, el sacrificado… Pero al final, no eres distinto de los demás, ¿y sabes por qué? Porque le sigues el juego a la venganza. Mientras más tiempo pasa más te me pareces a él, al que mataste. Los dos buscan el poder, por caminos diferentes; pero con un mismo objetivo. Tú pretendes hacer el bien, pero no es más que un juego maldito… — en esta parte una vena comenzó a latir en la cabeza de Harry, dándole como una fusta — Voldemort y tú, son iguales.
Harry movió bruscamente la varita y la de Dolohov cayó al suelo. Luego corrió hacia él y lo tomó por el cuello.
— Señor Potter —gritó Emma aterrorizada — Contrólese. Eso es lo que está buscando, ¿no lo ve?
— Descuida, Emma— dijo Harry entre dientes — Lo dejaré que se pudra aquí.
» Edgar, debes acompañarme, por delitos contra otros magos y muggles.
— ¿De qué estás hablando?— dijo Antonin con los ojos desorbitados. Harry lo dejó libre y cayó desplomado.
— Este muchacho ha hechizado a muggles, otros magos y ha atacado a mi propia familia. ¡Casi muere mi esposa!
— Eso es imposible, señor Potter — habló por fin la madre de Edgar. Era de pelo castaño entrecano y pequeños ojos grises. Estaba muy arrugada, y su mirada era triste.
— La condición de mi hijo Edgar le impide hacer ese tipo de magia.
Harry se quedó boquiabierto.
— ¿A qué se refiere? — dijo Emma, aún con la varita apuntando a Antonin.
— Se refiere —dijo Dolohov padre — a que Edgar carga con una enfermedad por mi culpa.
Antonin se puso en pie y regresó junto a su esposa.
— Lo que Voldemort hacía era un tipo de magia demasiado avanzada, ni siquiera la ciencia muggle puede hacer cosas de este tipo.
» Voldemort quería crear una nueva clase de mago, un sangre pura perfecto, sin debilidades, que no necesitara de las varitas. Sus fallos contra usted lo volvieron así de obsesivo con el desprendimiento de las varitas. No se cansaba de contradecir a Ollivander cuando decía que las varitas son maravillosas. ‘Yo soy el maravilloso’ decía una y otra vez ‘La varita es una debilidad’. Y así comenzó en su carrera por llegar al ser autónomo.
» Utilizó elfos domésticos, gnomos…Quería saber cómo era que unos seres tan inferiores podían hacer magia tan maravillosa con tan solo chasquear sus dedos. Algunos hechizos podía realizarlos con un gesto solamente, pero el quería el dominio total. Él utilizó un tipo de magia muy oscura conmigo, fui uno de sus experimentos. No dio resultado a corto plazo, sin embargo cuando Edgar nació…
— ¡No continúes! —dijo su esposa y estalló en sollozos.
— Edgar nació maldito; pero no fue hasta su entrada en Hogwarts que nos percatamos de cuan grave era. Cada hechizo que Edgar realiza se alimenta de su propia vida. Por eso es imposible que él haga ese tipo de magia tan complicada.
La señora Dolohov extrajo del interior de su túnica unos papeles que tenían el sello de San Mungo y se los tendió a Harry.
Harry los leyó con atención y todo confirmaba la historia de Antonin. Y finalmente, había una anotación en tinta roja que aseguraba: seis meses de vida.
— Decidí que nadie lo supiera— dijo el muchacho — Porque quiero vivir normalmente.
Extremadamente apenado, y recordando la maldición de Dumbledore y la marca de Ginny, Harry bajó la cabeza y sintió lástima por Antonin. No le tendió la mano, pero si lanzó una mirada de vergüenza al hijo y la madre.
Dio la media vuelta tras despedirse de Emma y fue hasta la oficina de Dan y Rupert.
— Muy bien por todo, chicos.
— ¿Encontró lo que buscaba? — dijo Rupert
— Sí…Y no —aseveró Harry y bajó las escaleras.
El thestral lo esperaba afuera. Los Dementores se veían flotando por el cielo, fantasmagóricamente. Trepó al lomo del gentil animal y salió disparado al cielo.
Recorrió las barreras protectoras que rodeaban la prisión mágica, sintiendo la calidez de cada una al atravesarla. Iba triste y a la vez preocupado. No era Edgar el culpable de semejantes horrores, el loco que andaba ahí afuera aún permanecía libre, tal vez decepcionado por no haber capturado a Luna Lovegood.
Debía regresar a casa, junto a la calidez de su familia y sus amigos. Esperaba que Ginny hubiera despertado al fin. Navidad iniciaría la semana próxima y sin ella no sería ni remotamente parecido.
Cambió de opinión y volteó para ir a San Mungo a ver a su esposa.
Cuando por fin descendió del lomo del thestral y entró a la sala donde se hallaba, la encontró incorporándose, con la ayuda de Molly.
— Harry, que bueno que viniste — dijola Señora Weasley— ¡Mira quien se despertó!
Harry corrió hacia Ginny y la abrazó emocionado. Se besaron, torpemente aún, pues su esposa estaba algo mareada.
— Mi amor — dijo Ginny — ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que me dormí?
— ¿Te dormiste? — dijo Harry sonriente— Te hechizaron y caíste como cinco metros. Pasamos un buen susto.
— ¿Y los niños?
— Están en la casa del Valle Godric — dijo Harry— Ron los está cuidando.
— ¿Por qué están allí? — dijo la señora Weasley.
—Pues — dijo Harry, intentando ocultar su preocupación — Nos parece una mejor idea pasar Navidad allá.
— Oh, muy bien — dijo Ginny captando la idea — El medimago me ha dicho que podré ir a casa en un rato.
— Te ayudaré a recoger tus cosas — dijo Harry y agitó su varita.
***
Ron estaba sentado a la mesa, esperando a tener alguna noticia mientras los niños jugaban. Hermione había traído a Hugo y Rose a casa, para iniciar los preparativos navideños. Angelina sonreía alegremente mientras conversaba con Fleur acerca de cuan peligroso era dejarla sola delante del fogón.
Ginny estaba de reposo y leía atentamente los mensajes que le habían enviado sus fanáticos tanto como periodista de El Profeta como de ex jugadora de las Holyhead Harpies. Harry se había asegurado de utilizar varios hechizos reveladores antes de que ella abriera los paquetes.
Uno de ellos era de la propia Circe, y le enviaba una hermosa bufanda roja y dorada como la insignia de Gryffindor.
Estimada Señora Potter:
Soy una profunda admiradora suya desde la época en que jugaba con las Holyhead Harpies. He conocido recientemente a Harry y a sus hijos. Lily Luna y yo nos hemos hecho muy amigas. Le envío esta bufanda que yo misma tejí como agradecimiento a su familia por los cuidados cuando mi vida peligró.
Un abrazo fuerte, nos vemos en Navidad.
Ginny leyó el mensaje complacida. Últimamente el tema más recurrente a toda hora, y siempre lejos de la escucha de Molly habían sido el sextante de plata, y la maravillosa forma en que una chica de la que sus hijos estaban medio enamorados había salvado a Harry: Circe.
Ginny le había dicho a Harry que sería mejor invitarla a pasar las Navidades junto a ellos, en caso de que sus padres no se opusieran. Fue ese día que Lily les dijo que ella no tenía padres, que habían muerto de una extraña enfermedad cuando era muy pequeña y vivía con su abuela, una señora muy severa que le recordó a Harry a la abuela de Neville.
Cuando solo faltaban tres días parala Cenade Navidad, al Valle de Godric llegó un extraño con la capa raída. Tenía rostro hermoso y cansado, adornado por brillantes ojos gentiles. Se divertía haciendo que su color de pelo cambiara de un rosa chicle a un azul eléctrico, mientras jugueteaba con la nieve. Era joven, delgado y alto.
Se acercó hasta un lugar solitario y vacío:
— Expecto Patronum — dijo, y de la punta de su varita salió un lobo plateado que corrió hacia la negrura y desapareció.
Segundos más tarde comenzó a aparecer delante de él y en medio del vacío una hermosa casa de madera, alta, iluminada en varias tonalidades.
Se acercó al portón y lo empujó. Llegó hasta la puerta y la tocó despacio. Sintió los pestillos correrse y ante él quedó una mujer pelirroja.
— Madre — dijo el muchacho y se lanzó a abrazarla.
— Chicos — gritó Ginny tras besarlo en la frente — Llegó Teddy.

Harry Potter y El Sextante De Plata Capitulo 9

Capítulo 9.
La confesión
Por Lord Volramón
A Harry lo empezó a invadir un sentimiento de preocupación por la noticia que acababa de recibir. Primero habían atacado a Ginny, después a George y por último a Luna, tres de muchos de sus seres queridos que a sabiendas, eran inocentes. Estuvo ausente por algunos segundos pensando en el único sospechoso que tenían, y puesto que era estudiante de Hogwarts, ahora sus hijos corrían un gran peligro en la escuela, tal vez ellos serían los siguientes.
Por suerte había enviado a Hermione y Ron tras la pista de Luna, para de esa forma asegurarse él de ir a Hogwarts.
—Albus, James y tú también Lily, necesito que me pongan atención— mencionó Harry mientras levantaba su varita. –Busquen a Circe inmediatamente y tráiganla conmigo, ella es la única que nos puede ayudar en este momento.
Tan pronto los jóvenes magos abandonaban la habitación, Harry pronunció el encantamiento patronus y de la punta de la varita volvió a surgir un ciervo que se posaba justo delante de él, y como si fuese un memorándum, comenzó a grabar en él una respuesta al patronus de su amiga.
Hermione, he recibido la noticia y ahora me encuentro muy preocupado y apenado, tal vez si no hubiéramos titubeado ayer, Luna aun estaría a salvo. En estos momentos estoy incapacitado para poder ayudar en su búsqueda, pero confió en que tú y Ron harán un trabajo extraordinario. Me he enterado de algo muy interesante que nos podría socorrer para dar con el paradero de Dolohov, pero no quiero contarles nada aún hasta no estar seguro de la situación. Todo a su tiempo Hermione, y les contaré todo tan pronto nos volvamos a ver.
Cuando la última palabra había salido de la boca de Harry, el ciervo salió disparado y desapareció de entre las paredes de la sala. Ahora no le quedaba duda que tenía que alejarse de sus amigos y de su familia, tal y como lo había hecho Albus Dumbledore con él hace algunos años, pero sabía que si lo hacía quedarían desprotegidos, lo que le importaba era que dejarán en paz a todos y solamente se enfocarán en él.
Harry husmeaba por entre la habitación recordando viejos tiempos, pero buenos, cuando el ejército de Dumbledore practicaba para estar preparados cuando el momento de enfrentarse con Lord Voldemort llegara. Ahí estaban esos antiguos muñecos que simulaban a los mortífagos y a los cuales les lanzaban todo tipo de hechizos para aturdirlos, desintegrarlos y desarmarlos. Tan pronto se plantó de nuevo en el centro del salón la puerta se abrió de golpe y por ella entraron cuatro personas a toda velocidad mientras una de ellas era halada por otra más pequeña. Circe había venido junto con los pequeños Potter.
—Aquí está papá, la hemos traído— dijo la pequeña Lily con un tono agradable y un tanto emocionada.
—Hola Señor— habló Circe mientras dibujaba una sonrisa en su rostro. — Que gusto verlo de nuevo.
—Hola Circe— interrumpió Harry con galanura dándole mucha importancia a lo que la hermosa muchacha frente a él había dicho.
— ¿Es verdad que me estaba buscando?
—Sí, necesito hablar contigo de algo muy importante.
—Supongo que esta vez el interrogatorio será más engorroso— Circe agitó su varita y unas sillas aparecieron de la nada.— Es mejor que no sentemos.
Sin dudas la chica quería impresionar a Harry, y él se sentía complacido.
— ¡Gracias!— Todos gritaron al unísono. Los magos que estaban en la sala, excepto Circe, agradecieron tan magnífico acto que acababa de realizar la joven bruja.
—Espero que no hayas estado ocupada antes de que mis hijos te trajeran—dijo Harry seguidamente al agradecimiento.
—No se preocupe por eso señor, la verdad es que nunca me han interesado las clases de Hogwarts, me parecen muy aburridas— dijo Circe demasiado orgullosa y confiando en su inteligencia.
A Harry le vino inmediatamente una persona a la mente, pues hasta este momento era su mejor amiga, y siempre lo ayudaba en los momentos más difíciles. Esperaba que Hermione estuviera teniendo éxito en la búsqueda de Luna.
—Necesito que me hables acerca de tu relación con Edgar Dolohov—
Circe volteo con disgusto hacia donde estaban los pequeños Potter como si estuviera reclamándoles el haberle mencionado el secreto a su padre.
—Me temo que no puedo contarle mucho acerca de él, solamente fuimos novios un par de semanas. Un terrible error, estoy segura.
— ¿Me podrías decir cómo es que terminaron?—volvió a preguntar Harry esperando una pronta respuesta.
—Realmente yo no le interesaba mucho a él, sus amigos eran más importantes— respondió Circe con un tono de desprecio mientras sus facciones se tornaban un poco tristes.
—Él me buscaba por mis habilidades y no por amor, confiaba en que le podría ayudar—  susurró con voz entrecortada.
Ahora el Auror estaba convencido de que los sucesos habían sido planeados con anticipación y cada vez estaba más cerca de descubrir al verdadero culpable y la razón por la que estaban ocasionando tales actos barbáricos en contra de sus seres queridos.
— Circe— dijo una vez más— Necesito que te concentres en tus respuestas. ¿Qué cosa te dijo Edgar? ¿A que quería que le ayudaras?
—Son sus seguidores, quieren acabar con ustedes señor Potter, pero yo no podía agregarme a ellos, yo no soy así— algunas lágrimas comenzaron a brotar de los ojos de Circe cuando terminó su frase.
Las puertas de la habitación se abrieron nuevamente y por ella ingresaron Ron, Hermione y Neville a toda prisa tan preocupados como se encontraba Harry.
—Harry, es hora de irnos— expuso Hermione sin dar alguna explicación.
— Necesitamos ir a un lugar seguro, tu Harry, Circe, tus hijos, también Ron y yo— participó de nuevo la señora Weasley.
— ¿Pero qué está pasando, Hermione?—preguntó Harry.
—Todo a su tiempo. Neville ha anticipado nuestro mensaje y ha pedido permiso a la directora para que podamos irnos de aquí por un traslador—argumentó Hermione a la pregunta del más grande de los Potter.
—Prepárense para marcharse—habló Neville y colocó en el suelo una fea maceta que comenzó a destellar.
Hicieron un círculo tomados de las manos y tan pronto la pequeña Lily tomó su posición, todos juntos tocaron el objeto y se elevaron por los aires, a los pocos segundos de permanecer flotando tocaron tierra. Llegaron a un lugar tranquilo donde cerca de ahí se encontraba un cementerio y una iglesia muy bien decorada.
Estaban en el valle de Godric. Ahí tenía una pequeña casita a la que iba solo en vacaciones y Navidad. Un lugar que lo deprimía porque le traía muchos recuerdos, y a la vez lo contentaba: era la manera más fácil de estar junto a sus padres.
— ¡ALTO!— vociferó Harry con enojo. — Que nadie se mueva de donde está.
—Harry, necesitamos entrar a tu casa, he puesto hechizos protectores en caso que nos quieran atacar, si quieres saber algo será hasta que estemos todos seguros— intervino Hermione.
Una vez dentro, todos se pudieron cómodos para poder escuchar los que tenían que decir Ron y Hermione. Circe se encontraba afligida después de haber contado esas cosas a Harry, pero si él no le hubiera cuestionado, no estaría así; James, Albus y Lily se lanzaron sobre el sofá, y los adultos  platicaban con precaución para que los menores no malinterpretaran las cosas.
—Luna no desapareció, bueno si lo hizo, ¿verdad Hermione?— titubeo Ron cuando comenzaba la plática.
—Así es Ron— Hermione aclaró las dudas de su marido –Harry, lo que Ron quiere decir, es que Luna no desapareció como nosotros creímos, fue una falsa alarma. Luna tenía sospechas que alguien la estuvo siguiendo por semanas, así que siempre estuvo atenta de los pasos que seguía—
—¿Y en donde está ella ahora?—interrumpió Harry Potter.
—Ella está bien, se encuentra en casa de Neville.
—Ayer que desciframos la nueva posición que el sextante nos mostró, sentía que ya había sido muy tarde y que tal vez Luna estaba en peligro. Cuando nos enviaste en su búsqueda, su esposo nos dijo que había desaparecido, que quizá había ido al Ministerio. Esta mañana cuando nos dimos cuenta que Luna no se había presentado a trabajar en el Ministerio, temí lo peor.
—Entonces, ¿Cómo la encontraron?
—Harry, pudimos ver a los intrusos que estuvieron en sortilegios Weasley con los mismos atuendos, excepto que no pudimos reconocer a Dolohov,  pero esta vez fue en casa del padre de Luna, sabes, llegamos a tiempo—Hermione se declaró serena.
—Ese Xenophilius es un chiflado—dijo Ron.
—Se enfrentó a todos los locos esos, creyendo que les iba a ganar, pero lo bueno es que nosotros estuvimos ahí para ayudarle
— Y gracias a las habilidades de Hermione, los logramos ahuyentar—
—Muchas gracias Ron, por el cumplido— aún así, Hermione se notaba con un semblante preocupado.
—Cuando entramos a casa de Luna, ahí estaba ella, sana y salva, pero eso no nos dejó tranquilos Harry, Kingsley nos envió un patronus con un mensaje perturbador— Hermione se cayó en secó.
—En ese mensaje, Kingsley nos dijo que el joven mago que llevamos a la sala de los muertos del Ministerio fue un estudiante de Hogwarts, y por si te quedan dudas Harry, lo asesinaron por ser un sangre-sucia—continuó Ron.
—Le dijimos a Luna que no podía quedarse con su padre, porque ya estaba expuesta a que la encontraran ahí de nuevo, así que decidió irse a la casa de Neville.
Harry ya se sentía tranquilo porque Luna estaba bien y no había tenido que sufrir lo que sufrieron Ginny y George por esos violentos ataques. Pero aún seguía intranquilo porque no sabía a quién atacarían ahora.
—¿Qué tiene que ver el joven mago muerto con esta situación?— preguntó Harry por última vez.
— Harry, por eso te sacamos de Hogwarts— concluyó Hermione. Kingsley nos pidió que te protegiéramos a ti y  a tú familia. Ese joven mago que murió era compañero de Edgar. Los ataques se van a multiplicar, Hogwarts ya no es seguro.
— Atraparé a Dolohov — dijo Harry y, antes de que alguien pudiera hacer algo, se desapareció tras el revuelo de su capa.

Harry Potter y El Sextante de Plata Capitulo 8

Capítulo 8
A la luz dela Luna
Por BatLumos 99 y Tomas Marvolo
Cuando Angelina Johnson entró en la sala, se encontró a George mirando al vacío con los ojos ausentes, como si su parte consciente se hubiera desconectado. Se acercó a él, y le dio un golpecito para llamar su atención. Giró la cabeza para ver quien le había dado, y se encontró con una hermosa Angelina que le miraba con preocupación. George recordó entonces la intervención que hizo en el ataque a la tienda, y se sintió mal por haberla preocupado. Se miraron mutuamente, como para comprobar lo que había quedado de ellos. Angelina seguía siendo igual que antaño, una joven alta y de piel negra, peinada con una básica coleta. Aunque George la veía a diario, nunca la había visto tan deslumbrante, aun con el semblante de preocupación que llevaba. Quizás fuera porque había estado cerca de morir, pero en ese momento no le importaba. Pasados unos minutos, Angelina rompió esa aura de complicidad, casi titubeando.
—¿Qué tal estás?— le preguntó dulcemente
—Mejor. Gracias a ti, hubieras estado firmando mi herencia—bromeó George con intención de aligerar la situación, pero supo que aquel no era el momento.
—Los niños están enla Madriguera—aclaró Angelina
—Estarán bien, a mi padre siempre le ha gustado enseñarles tostadoras y motores.
Siguieron unos minutos de evidente tensión. George ya sentía la frase en la boca de Angelina, y se preparó para afrontarlo. Si lo superaban, sería la prueba definitiva.
—George, tenemos que hablar. Se que no es el mejor lugar, pero si no ya no tendremos tiempo—soltó Angelina con voz pausada y tranquila, aunque se entreveía que estaba hecha un manojo de nervios.
—No, a mi también me parece el mejor momento. Se que no hablamos mucho, y este es el mejor momento
—Mira, algo no funciona aquí. Lo he intentado llevarlo con paciencia, pensando que pasado un tiempo, acabarías por cambiar, pero la situación no ha cambiado—
A George le sentó como una ducha de agua helada. Sabía que Angelina sacaría el tema, pero igualmente le dolió, aun sabiendo que era cierto lo que demandaba.
—Angelina, yo… no quería hacerte caer como yo, por eso me refugié, para que no tuvieras que sufrir por mí—dijo George lentamente, como si le costara mucho trabajo asumir la cruda realidad
—Y no crees que así es peor, que si me dejaras podría ayudarte. Has estado llorando la muerte de tu hermano estos 19 años. Nos separamos a un año de casados, pues nuestro matrimonio parecía ser menos importante. George, te necesito conmigo. No puedo hacerlo sola, y si no haces algo, entenderé que prefieres morir amargado por su muerte—le contestó Angelina, claramente exasperada por el tema, y al hacerlo mostrara su desesperación.
Aunque era completamente verdad, George se enfureció al oír hablar a su esposa con esa ligereza de la muerte de Fred. Pensó en dejarla marchar, y vivir con el luto de George sin el escepticismo de Angelina. Justo cuando se lo iba a decir, se le hizo un enorme nudo en el estómago, y una voz en su interior comenzó a gritar. Le decía que no podía abandonarla, y George se sintió atado a dos personas, o Fred o Angelina.
El silencio volvió a la sala, y Angelina esperaba la decisión de George con un peso en el corazón. Angelina seguía enamorada de George, pero la situación se había hecho inaguantable. Aprendió a vivir sola, y a criar a sus hijos sin su esposo. Los dos sabían el sufrimiento del otro, pero no hablaron, solo se miraron, sin pestañear casi.
Sin previo aviso, los dos se fundieron en un beso apasionado. Los dos explotaron de felicidad, porque sabían que podrían superarlo. No existía el pasado ni el futuro, solo el presente, y marido y mujer lo disfrutaron, adivinando mutuamente los pensamientos del otro en un ejercicio perfecto de complicidad. Sus labios siguieron unidos, y cuando pararon a respirar, una sonrisa fulgurante iluminó el rostro de Angelina, lo que le dio fuerzas a George para dar el siguiente paso.
—Lo siento mucho, Angelina. Se que no te he tratado como merecías, y prometo cambiar si me das otra oportunidad. Me afectó mucho su muerte, y me casé contigo pensando que tu amor me recompondría, pero he sido estúpido por no dejarte ayudarme. Lo superaré, y volveremos a ser una familia— declaró un George radiante, un George que, por primera vez, creía en el amor.
Lo único que atinó a decir Angelina fue un confuso perdón mientras se le anegaban los ojos de lágrimas y se abrazaban, como un renovado amor que había superado la mayor barrera posible.
Ajenos a esta declaración, se encontraban Harry, junto a Ron y Hermione, que seguían enfrascados en el sextante. Lo utilizaron de todas las formas, y no había ocurrido nada. Hermione no se daba por vencida, y seguía introduciendo contraseñas en el aparato, pero Harry y Ron se habían distendido hace rato. Se sentaron en unas sillas del salón dela Madriguera, mientras Arthur Weasley ponía en marcha una batidora para enseñársela a Fred y Roxanne. Llevaban días estancados en la investigación, y la única pista que tenían era el sextante.
—Deberíamos pasar a la acción y rastrear al mago, como en los viejos tiempos—suspiró Ron recordando las cazas que llevaban a cabo los aurores contra los enemigos.
—La única pista que tenemos es el sextante, y si lo hiciéramos solo conseguiríamos que el mago se asustara y se diera la fuga—le aclaró Harry a su amigo una vez más.
Pronto llegó Hermione, que ya se daba por vencida. Se sentó al lado de Harry, y escucharon el ruido de la batidora y los murmullos de admiración de los chicos. Para matar el tiempo decidieron recapitular y rememorar los hechos.
—A ver, el primer acto fue en Grimmauld Place, con el perro y los cuerpos—empezó Hermione
—Luego fue lo del partido y lo de Ginny—siguió Ron
—Y por último, el interrogatorio y el ataque a la tienda—concluyó Harry
El efecto que tuvo la última palabra sobre Hermione fue espectacular. Se levantó de la silla, y miró emocionada a Harry y a Ron
—Eh, un momento. ¿No oísteis a alguien mencionar a Dolohov durante la pelea?—preguntó Hermione repentinamente
—Sí, es verdad— confirmó Ron viendo adonde quería ir Hermione
—Pero no creeréis que fue él, ¿verdad?—preguntó Harry decidido aun a no juzgar a Edgar por su parentesco
—Vamos, Harry. Los mortífagos lo llevan en la sangre. Deja de fingir que Edgar es inocente, y vamos a decirselo a Kingsley para que lo arresten—dijo Ron triunfante
—Espera, ¿y si no es él? Quedarías en ridículo y posiblemente se nos escaparía una las únicas pistas que tenemos. Ya me ocuparé yo de eso—repuso Harry
—Está bien. Pero si muestra un lado oscuro, a Azkaban con él—cedió Ron resignado
Siguieron con la investigación, y Hermione se retiró con el sextante al jardín. Harry y Ron se quedaron solos mientras la luz diurna daba paso a la penumbra.
—Oye, ¿Qué ha sido de Verity?—preguntó Harry
—Nada interesante. La encontraron en su casa, traumatizada. La llevaron a San Mungo, y allí seguía repitiendo lo mismo: “El resultado de los dos sucesos anteriores llevarán al cuarto”, “El resultado de los dos sucesos anteriores llevarán al cuarto”—dijo Ron en una perfecta imitación del tono cínico de Verity, que provocó una carcajada general. Harry seguía pensando en Verity cuando de pronto se dio cuenta del verdadero sentido de la frase.
Salió corriendo al jardín, y cuando llegó a la altura de Hermione, que se había retirado a las lindes de la Madriguera, la llamó casi chillando de la emoción
—Hermione —dijo Harry antes de que Hermione le preguntara nada— ya se que tenemos que hacer. No recuerdas el mensaje de Verity. “El resultado de los dos sucesos anteriores llevarán al cuarto”. Significa que tienes que sumar los resultados del partido y de la tienda, y nos dirá donde ocurrirá el siguiente ataque—explicó Harry apresuradamente. Ron había alcanzado a su amigo hace unos segundos, y escuchó la explicación de Harry. A Hermione se le iluminó el rostro
—¡Claro, tenemos que sumar las coordenadas! La del partido era 150— recordó Hermione embargada por una intensa emoción— y la de la tienda era 19— se puso a introducir las nuevas coordenadas en el sextante, y en cuanto comenzó a brillar, se lo tendió a Harry. Este, sin más miramientos, se acercó la mira al ojo.
De pronto, vio a un león que le miraba fijamente, tan real que Harry se apartó asustado. La imagen se agrandó y pudo ver a muchos más animales. Pasados unos segundos, los animales dieron paso a un claro donde una persona sin rostro contemplaba la luna llena, cerca de los animales. Como si alguien hubiera apagado la retransmisión, la imagen se apagó con un destello. Se apartó del sextante, y pudo ver a sus amigos mirándole de hito en hito.
—Había animales, muchos, y luego había una persona mirando la luna—aclaró Harry
— Por las barbas de Merlín, Harry. Los animales, la luna… Está claro ¡Van a ir a por Luna!— explicó Hermione pasado un rato
El trío se dio cuenta del peligro que corría su amiga, y se miraron como para decirse que no la dejarían sola.
Se alejaron de las praderas y volvieron a la Madriguera, con un nuevo peso en su conciencia.
***
Por la mañana, Harry se despertó al alba, y se desapareció en el jardín sin que nadie lo viera. La opresiva oscuridad dio paso a un paisaje llano y plagado de casas idénticas. Harry supo enseguida que había llegado a su destino: Hogsmeade. Con paso decidido, se dirigió al pub Cabeza de Puerco. En cuanto entró, un fuerte olor a cabras le dejo ido, y el tabernero le echó un vistazo al forastero, y cuando supo que era Harry, le condujo a la estancia del retrato de Ariana, como en la Batalla de Hogwarts.
—Chico, me alegro de verte. ¿Qué te trae por aquí?—preguntó Aberforth Dumbledore.
—Necesito entrar en Hogwarts—
—¿Y porque no utilizas la puerta grande? Todos estarán deseosos de verte—
—Necesito entrar de incógnito—aclaró Harry
Aberforth dedujo que iba en serio, y le murmuró algo a Ariana. El retrato se abrió, y dejo al descubierto un pasadizo. Harry entró por él sigilosamente, como si alguien le espiara.
Minutos después, Harry abrió la puerta de la Sala de los Menesteres, sabiendo que sus hijos se encontrarían allí practicando hechizos.
En cuanto puso un pie en la sala, sus hijos giraron la cabeza, y al verle, corrieron hacia él emocionados.
—Papá, ¿Qué haces aquí?—preguntó Albus mientras Lily le abrazaba y James llegaba a su lado.
—Necesito que me hagáis un favor—dijo Harry a la vez que cogía a Lily y la dejaba en el suelo
—Haremos lo que sea—dijo James, orgulloso porque su padre le eligiera para hacer un recado
—¿Sabéis quien es Edgar Dolohov?:—Lily asintió por sus hermanos— Bien, pues necesito que lo vigiléis—continuó Harry
— ¿Es un sospechoso?—preguntó Lily, acostumbrada a las operaciones de su padre
—Posiblemente. Tenéis que seguirle, y sin que os vea, o sospechará.
—Por cierto, ¿mamá esta mejor?—preguntó James repentinamente preocupado—No nos dejan volver a verla—.
—Sí, se encuentra mucho mejor.
— Por cierto, papá, Circe nos ha dicho que te ha conocido.
— Sí, Albus. Ella me salvó la vida.
— Ella era novia de Edgar Dolohov — dijo James con un dejo de desprecio en su voz.
— Muy bien. Necesito que la traigan lo más rápido posible. Ella…
Harry no pudo terminar la frase porque sus hijos se dieron cuenta de que una nutria plateada se había posado en el centro de la sala, y con la voz de Hermione, comenzó a hablar:
—Luna ha desaparecido.